Arribo a la ciudad verde

Relato de Xavier Soler Santandreu, gracias por permitirnos publicarlo:

He viajado tanto que perdí la cuenta. Desde mis días en Ezcaray, hermosa ciudad con tradiciones religiosas muy marcadas, y con las más bellas mujeres de toda España. Pude quedarme y vivir tranquilo continuando el negocio de la familia (hacer muebles) pero mis ansias de curiosidad me llevaron a conocer el mundo.

Modestamente comencé viajando por casi toda Europa, desde Italia hasta Siberia. Luego decidí conocer nuevos continentes; recorrí el desiertos de Gobi en Mongolia solo con una cantinflora casi vacia, nade en las aguas del lago Kivu en Ruanda a mas de 1400 msnm, me di un baño en las aguas termales de Vanua levu en Fiji, y anduve desnudo en trineo en Alaska.

Conocer Sudamerica fue mi próximo horizonte, atraído por el lago Titicaca y el imponente Machupicchu llegue al Perú. Lima capital fue mi parada obligatoria, una ciudad en constante crecimiento, con su propio encanto. Entonces conocí a Manuel “Manu” que rápidamente se hizo mi amigo, le hable de las tierras que recorrí y mis ancias por visitar el cuzco y su pasado imperial. Pero Manu al ser hijo del Amazonas, comenzó a hablarme amenamente sobre su tierra natal, Iquitos.

Entonces cambie de ruta, de tanto escuchar decir que las mas bellas mujeres están en Iquitos, que el calor te abraza como una amante fiel en Iquitos y que los mejores licores están… en Iquitos.

Y fue así que llegue junto a mi nuevo amigo, a esta ciudad y mi primera impresión fue: “hombre, que mierda de sol” Manu con risa burlona decía que me acostumbraría rápido. Entonces los matices uno a uno comenzaron a aparecer, el ruido ensordecedor de los mototaxis y colectivos, el trasfondo verde hacia donde volteara la mirada, las mujeres desfilando por la calle en apretadas prendas. Aunque Manuel hablaba con el mismo acento que descubrí en Lima, en Iquitos pareciera que al hablar desean cantar.

En honor a la verdad ese primer día pensé en acortar mi estadía, planeada en un principio en dos semanas, a solo una; porque a pesar de que la ciudad era exótica no sentía ese deseo de quedarme demasiado tiempo. Pero no tardaría en cambiar de opinión.

Manu seguía hablándome de Iquitos a cada paso que daba; básicamente es una isla rodeada por importantes ríos, los mismos varían en color y fuerza, desde el apacible Itaya hasta el impredecible Nanay. Iquitos es cara, no tiene carreteras que facilite el comercio, salvo una que conecta a Nauta, ciudad a orillas del Marañon, otro río majestuoso y alborotado. Manu me llevo a una esquina a tomar “aguajina” bebida preparada a base de aguaje, fruta coloquial de la región, lo curioso fue que a pesar de su buen sabor, un rato mas tarde me envió al inodoro con suma religiosidad. Pregunte por el mejor prostíbulo de la ciudad, tengo necesidades que atender después de viajar, y conocí el “chongo” ubicado cerca al aeropuerto.

Una semana en la que descubrí un Iquitos desde tradicional hasta bohemio. La gente trabaja de dia y por las por la noche se divierte a todo dar, en todas partes. Se abren paso entre la cansada rutina y abrazan la alegría desbordante, zonambula, todos los días.

De verdad que Iquitos es un paraíso que mis ojos no alcanzaron a ver al bajar del avión, pero es que las mismas calles te embrujan, sumos paisajes hacia donde dirigiera la mirada, con atardeceres de ensueño y vivos colores en cada esquina; no es una ciudad con enormes rascacielos pero tampoco es gris como las grandes metrópolis.

Y me enamore debo decir, me enamore del calor abrazador, de los ríos que la bordean, de las noches alcohólicas, de la gente amable y cariñosa. Me enamore de una bella mujer que supo amarme desde la primera vez, me enamore de las calles abarrotadas de gente en constante carnaval.

Fue así que esa semana se convirtió en 10 años; no conozco Machupicchu ni el lago Titicaca, pero aprendí a vivir bajo ese sol de mierda y ser un iquiteño mas confundido entre la multitud.

Incluso aprendí a hablar cantando.

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